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Pensar en “Redes” lleva implícita la noción de solidaridad y de articulación de trabajo para lograr el bien común, y como elemento fundamental para lograr ese bien común, es preciso primero pensar en la construcción de ciudadanos libres y comprometidos.
Esa construcción implica la formación y la educación del hombre y la mujer como productores y como ciudadanos.
Si entendemos al ciudadano como productor de bienes espirituales y materiales, si esta producción (como, por otra parte, también el consumo) puede darse tan solo en la comunidad humana y si, por lo tanto el hombre es productor en cuanto ciudadano, es decir, aquél animal político del que hablaba Aristóteles, entonces la formación ciudadana y la pedagogía está estrechamente vinculada con la política. Por tanto, construir redes ciudadanas significa la permanente formación de dirigentes, del hombre y de la mujer políticos por excelencia.
Pensar en redes remite necesariamente al trabajo mancomunado y articulado de los grupos sociales que trabajan en comunidad.
La articulación se produce cuando dos o más organizaciones públicas, privadas o de la sociedad civil acuerdan y coordinan acciones dirigidas a generar políticas públicas concretas, en las que cada una asume tareas específicas y aporta significados desde su propia identidad.
Bajo estos supuestos nos proponemos constituir “Redes” no solo conforme a nuestras firmes convicciones ideológicas, si no también con la coherencia de nuestra experiencia de trabajo mancomunado, reconociendo los lazos comunitarios que construimos desde hace años con los actores institucionales y/o sociales de nuestra comunidad; aquellos que trabajan concretamente en la reconstrucción del tejido social, acompañando y reforzando iniciativas comunitarias.
Esta propuesta de acción alternativa requiere la urgente y decidida promoción de dos grandes procesos íntimamente relacionados. La organización y la acción de los propios actores sociales afectados por problemas socioeconómicos, culturales y ambientales; y la acción consecuente de quienes teniendo recursos económicos y capacidades profesionales, tecnológicas y de gestión desarrollen en forma mancomunada una economía de solidaridad que contribuya eficientemente a superar la exclusión social, a dar nuevos destinos a la fuerza de trabajo, a crear alternativas de salud y educación, a mejorar la calidad de vida, a ofrecer soluciones socio ambientales, a favorecer la equidad social y a encauzar la participación ciudadana.
La economía real incluye todo lo que hacen las personas y grupos sociales, las empresas e instituciones privadas y públicas, para producir, distribuir y consumir en vistas de satisfacer las necesidades, aspiraciones y deseos humanos y sociales. La noción clásica de actividad económica se moviliza por el interés individual, pero la economía en sentido amplio también está regida por el bienestar social, el desarrollo cultural, la vida colectiva, la participación comuntaria, la calidad de vida y el medio ambiente. Es así que además de comprar y vender bienes y servicios y de contratar el uso de los recursos exigiendo una remuneración, las personas hacen regalos y donaciones, cooperan unas con otras en función de objetivos compartidos, están dispuestas a contribuir al bien común aportando trabajo y pagando impuestos, participan en organizaciones que benefician a terceros.
La donación es una relación económica de algún modo análoga al intercambio, en cuanto por su intermedio se verifica un flujo de activos entre dos sujetos. Igual que los intercambios, las donaciones son transferencias económicas. A diferencia del intercambio, en que los sujetos participantes son movidos por el propio interés, la motivación del donante es en muchos casos altruista, manifestándose en ella gratuidad y generosidad. Ambas persiguen maximizar utilidad y beneficio con recursos escasos, pero mientras en una se trata de la utilidad para sí mismo en la otra se busca la utilidad para terceros.
Las donaciones constituyen un componente decisivo de la economía. De hecho, el volumen total de donaciones es enorme si se considera el conjunto de donaciones privadas que efectúan las personas. Gran parte del gasto que hacen los consumidores con sus ingresos corrientes está destinado a hacer donaciones, siendo éstas determinantes de la distribución social de la riqueza. En efecto, durante la mayor parte de nuestras vidas las personas vivimos de las donaciones que se nos hacen. Cuando niños y hasta la edad en que comenzamos a efectuar aportaciones mediante el trabajo, que es el momento en que de verdad entramos al mercado, obtenemos casi todos los bienes y servicios con que satisfacemos nuestras necesidades, de las donaciones que nos hacen los parientes, las instituciones y el Estado.
La idea que tanto ha difundido el neo-liberalismo en el sentido de que cada uno posee tanta riqueza como la que ha sido capaz de generar con su trabajo, sus negocios y su iniciativa individual es completamente errónea. La verdad es muy distinta: nuestro nivel de vida, la clase social a que pertenecemos, la alimentación, el vestuario y la vivienda, la educación, las atenciones de salud, viajes y relaciones sociales, las oportunidades que de hecho se nos ofrecen en la vida, dependen fundamentalmente de la cantidad y tipo de donaciones que hayamos recibido en nuestra infancia y juventud. Es preciso, pues, reconocer que el componente probablemente más decisivo de la distribución social de la riqueza lo constituyen los flujos de donaciones.
Resulta paradójico observar que los pobres son aquellos que menos donaciones reciben en sus vidas. El "stock de riqueza" que reciben al nacer y que obtienen en su infancia se les agota tempranamente, debiendo incorporarse al mundo laboral y a la generación de ingresos por medio de intercambios, mucho antes que quienes reciben donaciones durante un período más prolongado de la vida y que en base a ellas acceden a una educación más completa.
El rasgo característico de la donación, es que se realiza normalmente al interior de grupos humanos y comunidades que constituyen sujetos colectivos de los que somos y nos sentimos parte integrante. En efecto, para hacer donaciones a personas desconocidas, o a personas pobres cuyas necesidades y carencias conocemos ocasionalmente, es preciso que hayamos desarrollado en nuestra conciencia un sentido de identificación con ellos en cuanto las reconocemos como seres humanos, como personas iguales a nosotros, como hermanos.
El modo en que se efectúan las donaciones produce distintos efectos en los receptores. Hay donaciones que, siendo altruistas y solidarias, se limitan a proveer al beneficiario de aquello con que puedan satisfacer sus necesidades; pero como las necesidades son recurrentes, vuelven a presentarse pronto y el receptor, no habiendo hecho esfuerzo por desarrollar sus propias capacidades, se torna dependiente de nuevas donaciones. Esto es lo que se llama habitualmente asistencialismo. Hay otras donaciones que, en cambio, promueven al beneficiario y favorecen la expansión de sus propias capacidades para satisfacer en el futuro de manera crecientemente autónoma sus necesidades en base a su esfuerzo y trabajo. Son las donaciones de promoción social y de desarrollo, que pueden entenderse también como de inversión social.
Es bajo esta noción de solidaridad y de generación de recursos comunitarios y humanos, que REDES: construcción ciudadana, nace con la firme convicción de que una democracia plural y participativa es posible.
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